Tenia 27 años y en pocos días mas estaría inaugurando su propio restaurante. A una cuadra de la playa y con un toque de color. Comida internacional y platos fusión, solía decir. Ni el podía creerlo, mientras recordaba su lugar de origen y su pasado.
Era rubio y tenía unos hermosos ojos verdes. Varios tatuajes cubrían su piel bronceada y curtida por el sol. Su barba desprolija quedaba bien con esos jeans anchos que llevaba y esa camisa naranja que un nativo del río Amazonas le había dado como regalo un tiempo atrás.
Se movía con seguridad y era conocido por todos los lugareños de la zona, sin importar la edad.
De padre mozo y madre enfermera se había criado entre la villa y la playa, pasando su tiempo libre perdido entre las olas. Era el cuarto de cinco hermanos a las cuales no veía hacía bastante tiempo.
Trabajó desde chico hasta que un día, inquieto como era, quiso abandonar lo conocido y recorrer Latinoamérica. Así lo hizo. Quiso después, tener un hijo y vivir en pareja y lo logró.
Surfeaba con soltura y se divertía al hacerlo. Entrador de profesión y simpático por naturaleza.
Dejando atrás una esposa cantante y miles de profesiones, empezó un nuevo negocio y con el un nuevo amor y una oportunidad. ¿O habrá sido al revés?